viernes, 29 de octubre de 2021

Cayo.

 Estos instantes de felicidad no tienen precio.

Y es que realmente alimentan mi espíritu de sobremanera, aminoran toda la carga de los últimos tiempos; la desconexión de todo el agravio se respira en conjunto con la brisa fresca y única de nuestras playas, el sonido natural de las olas rompiendo en las piedras y en las formaciones coralinas que aún albergan una vida llena de colores de peces, algas y erizos hacen que todo mi ser se sumerja en felicidad plena.

El canto y vuelo de las aves tan típicas de estos ambientes, el sonido tenue de la brisa que atraviesa y mueve a las diferentes especies de mangles habitantes de este maravilloso lugar, compartido con las diferentes especies de lagartos, crustáceos, moluscos y los colores azules increíbles del agua que contrastan con la arena, la vegetación rastrera y el plumaje exhuberante de los Flamencos me hacen querer ser parte de todo esto.

El aroma indescriptible de una breve lluvia que cae a media mañana me eriza la piel de enterarme que aún en estos ambientes, puedo percibir este perfumado  privilegio único al mezclarse con aromas autóctonos del lugar. Mi piel nunca se queja de el Sol radiante incluso al caminar largos trechos por la arena, la cálida laguna y la vegetación rastrera típica del manglar.

Un lugar sin igual, que me invita a seguir de a pasos adelante, como los cocoteros que aún después de vida siguen de pie albergándola, un lugar que me hace querer flotar y nadar como los peces Damisela, planear en el aire como lo hacen las Tijeretas de Mar, me invita a sumergirme en tanta felicidad cuál pico de Alcatraz en el mar, pero aún más intenso me motiva querer seguir trabajando, seguir adelante y no rendirme, que toda la biodiversidad venezolana y mundial pueda perdurar en el espacio y el tiempo.


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