lunes, 29 de abril de 2019

Buenos Aires

Los Indios Desnudos fructificados se notan en la avenida Libertador, en el momento en que guardo unas cuantas frutillas mis manos se impregnan de un suave látex perfumado similar al mentol, la suave brisa acompaña mi caminar enfriando mis mejillas y manos, y el tenue Sol apenas me calienta. Llego a la entrada de la avenida Morán del Zoológico y encuentro solo a Ricardo Russel, esperamos al resto del grupo mientras observamos a los Maracanás que sobrevuelan la ciudad de Barquisimeto.
Ricardo Milán, Ruben, Oscar Ortiz, Delis Huertas, Simón Camacaro, llegan poco a poco a la concentración al igual que Saraí Castro que llega desayunando empanadas una, dos, tres y hasta seis empanadas aun después de haber arrancado el minibus que nos llevaría al destino.
Salimos de Barquisimeto, pasamos Quíbor, El Tocuyo, bordeamos el embalse Dos Cerritos apreciando a los Barraquetes, los Buzos y Cotúas, la carretera bordea al río Tocuyo que atraviesa un valle cada vez más angosto entre las formaciones andinas; apenas se aprecian relictos del semiárido. Llegamos a Humocaro Bajo y el minibus hace una parada corta, para luego arrancar y trazar la retorcida carretera hacia Humocaro Alto, subiendo entre curvas a orillas de barrancos que bordean las montañas, por fin llegamos al destino en horas del mediodía.

Desde la Plaza Bolívar salimos con apenas el equipaje necesario para la caminata ya que el resto lo subirían en carro. El señor José Luis Sequera es el guía principal del grupo de 23 personas, nos cuenta ciertos detalles en el transcurso del recorrido, cortamos camino en varias oportunidades en el largo trajinar, atravesamos cafetales, vaqueras, potreros, el tramo de mayor dificultad comienza en una casita en donde tuestan café aprovechando el sol que calcina, en el recorrido nos encontramos con un dulce naranjal que deleita las pupilas de los caminantes, acompañados de portales de Barbas de Palo que adornan de manera peculiar a los árboles que emergen en los campos, además de los extraños helechos que aprovechan de prosperar en los lugares de mayor humedad del sitio.
Casa típica de las fincas cafetaleras de los Andes Larenses.
El paisaje es monótono y homogéneo entre campos de café en donde apenas emergen Bucares y Melastomatáceas florecidas, Pinos y Eucaliptos en las cumbres de las rocosas y escarpadas montañas, apenas se escuchan a los Querrequerres, los Conotos, Tucusos y se aprecian Pitirres Chicharreros y Atrapamoscas Pecho Amarillo, el ecosistema ni siquiera se define en todo el recorrido, relictos de semiárido y plantas de sotobosque en los delgados afluentes que descienden montañas abajo, incluso el aire es seco con casi nula humedad.
Melastomatácea florecida encontrada en el ascenso hacia Buenos Aires.
Cae la tarde y el camino parece interminable, Ruben sigue el rápido ascenso con cierta dificultad, siendo su primera caminata de tal magnitud; comienzan a aparecer Guacharacas, Paraulatas de Rabadilla Gris y Cabecinegras que anuncian la proximidad al destino, los cafetales quedan atrás y bordeamos Pinos y Eucaliptos acompañados con un contraste que nos brindan las montañas con los colores que descubren los rayos del sol al lugar, las pinnas y ramas del Pino silban con la tenue brisa fresca, el suelo ahora es más rocoso y desnudo por consecuencia de los cultivos de Pino, se escucha la quebrada Buenos Aires con gran intensidad y se pueden apreciar sus caídas que causan estruendo al fondo del estrecho valle, el agua jugando con la gravedad y las piedras en su carrera hacia el Mar Caribe.
Panorama andino al atardecer.
Por fin llegamos al Puesto de Guardaparques cuando ya caía la tarde, nos dirigimos a saludar a cada uno de ellos, para luego pasar por los puentes colgantes las frías quebradas de Buenos Aires y llegar a instalarnos en Valle El Eucalipto donde nos reciben las Pavas Andinas mientras armamos las carpas, el cansancio del ascenso desde Humocaro Alto a 1000 metros sobre el nivel del mar (msnm) hasta el destino a 2000 msnm en cinco horas de caminata se reduce en el momento en que se respira el aire de un lugar tan reconfortante y alejado de cualquier preocupación que pudieran atravesar nuestros espíritus; el agua helada de la quebrada Buenos Aires apenas deja sumergirnos en un baño al anochecer donde el frío nos acompaña desde ahora.
La noche se acentúa, llega la cena que desaparece en apenas unos instantes, las horas nocturnas pasan en el grupo reunido al calor del interior de la carpa, para irnos a descansar al comienzo de la madrugada.
Las arepas son disfrutadas en un amanecer soleado mientras nos alistamos para llevar alegrías a unos pequeños seres, dejamos el campamento y bajamos a la Escuelita de Buenos Aires, Piña, “el primo” Francisco Acurero y los Guardaparques preparan todo para la tradicional fiesta de navidad a los niños de la escuelita, donde anualmente les regalan juguetes, ropa y comida que es reunida de distintas partes de la región.
Mientras un brincabrinca espera por los niños, Saraí y Delis no desaprovechan para acondicionar la energía en su elástico.
Participación de Simón con sus actos pintorescos.
De a poco van llegando los recreadores y los excursionistas a llevar alegrías a los pocos niños que vienen llegando, pasan los minutos y van llegando más y más niños, se recrean, juegan, comen dulces, ven las presentaciones de malabares de Simón, entran y salen del brincabrinca, juegan a la pelota, vuelven a comer dulces, corren, ríen, preguntan, gritan, cantan, y transcurre una mañana tradicional entre excursionistas, campistas, Guardaparques, padres, representantes y niños, culminando con la alegría y sorpresa de los juguetes, ropas, comida y chucherías entregadas a las manos de los niños de la Escuelita de Buenos Aires, cerrado por la sopa del almuerzo preparada durante la activa mañana del lugar.
Ente abrazos, agradecimientos y alegría se despiden los niños del día tradicional anual de la entrada al Parque Nacional Dinira, en el suroeste del Estado Lara, en plena Cordillera de Los Andes, Venezuela.
Grupo Guardaparques Universitarios.

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